Punta Catalina: Oro por espejitos.

La verdad es que la termoeléctrica Punta Catalina, con sus 736 megavatios, bien, generados a carbón o con caca de vaca disuelta en orina, tiene más enemigos de los que uno se imagina.

Mientras el país estaba en pelota y el Presidente de gira con un grupo por España, se depositaba y aprobado de manera meteórica en el Congreso, un proyecto que es una prenda para entregar en fideicomiso la apetecida unidad termoeléctrica.

El proyecto constituye una filigrana jurídica, desde el inicio hasta el final, no se le queda un pelo suelto, sólo que el más bobo de los humanos se traga el cuento de que no se trata de una privatización al estilo menos disimulado.

Basta con leer los nombres de quienes aparecen en el comité técnico nombrado por decreto del presidente Luis Abinader, para uno darse cuenta de las pretensiones. Todos empresarios curtidos en el negocio de la generación y venta de electricidad.

Ninguno con cara de patriota capaz de involucrarse en un negocio del que no van sacar los más gordos beneficios.

Pero también las condiciones que exigen para administrar la planta por 30 años, con un poder único sobre el bien, que mal contado costó 2 mil 300 millones de dólares, aunque el Ministro de Energía y Minas, en su afán por desacreditar la unidad, la cálculo en 3 mil 300 millones de dólares, sacados de las costillas de los dominicanos.
Desde antes de asumir, el gobierno viene demostrando que, si pudiera, dinamita la unidad termoeléctrica, a pesar de que con sus virtudes y defectos genera casi el 50 por por ciento de la electricidad que demanda el país.

Lo primero fue nombrar a un inepto como administrador quien de inmediato canceló a los técnicos que la manejaban, ni siquiera le cambiaba los filtros a las chimeneas para que el humo no se tragara a Baní y poblados cercanos.

Tampoco contrató a tiempo el carbón a Colombia o Estados Unidos, y ese sólo error le costó al país casi 200 millones de dólares por el incremento de precio de ese carburante. Finalmente se dio cuenta del desaguisado y lo echó del  cargo sin mayores consecuencias.

No hay que dar muchas vueltas para concluir que si el Congreso apoya el traspaso de Punta Catalina a este consorcio está haciendo honor a la consigna de que estamos ante el gobierno del cambio, lo único que en este caso, el cambio es de oro por espejitos.

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