¿Poder amedrentado?

Por Carmen Imbert Brugal.

Un pintoresco servidor judicial proclamaba con orgullo, que su íntima convicción tenía la duración de 20 años. El magistrado prefería la fama de intransigente antes que exponerse a la descalificación por blandengue. Manifestación del autoritarismo con toga y borla, infeliz concepción del ejercicio de la función. Era la época de la vigencia del sistema procesal mixto, tan vituperado como desconocido.

El personaje no leyó nunca la advertencia de René Floriot en “Los Errores Judiciales”. El más que prestigioso abogado francés, exhorta a jueces y jurados a ignorar la opinión pública al momento de decidir. Ratifica aquello de “vale cien veces más dejar libre a un culpable que castigar a un inocente”. El repartidor de veinte años prefirió el elogio engañoso de quienes lo usaban para condenar.

En aquel tiempo el acoso de las redes no existía, el albañal tenía otro protagonismo también inclemente.

La permanencia en el cargo, en algunos casos, dependía de caprichos y pendencias distintas, en ocasiones, cerca de Palacio. Dependía asimismo de la atención al asedio de abogados con talento proporcional a su falta de escrúpulos. Sus amenazas desafiaban la honorabilidad tambaleante de conspicuos representantes del poder judicial y del ministerio público.

La independencia e institucionalización del Poder Judicial y del Ministerio Público, consagradas en la Constitución del 2010 y fortalecidas con la promulgación de la Ley Orgánica del Ministerio Público, sirven como valladar para detener los excesos desde afuera siempre y cuando los servidores públicos resistan la presión y no se plieguen renunciando a sus derechos.

El saber jurídico usurpado, empero, atenta contra las garantías y pautas para el desempeño de la función jurisdiccional. De tanto atender el reclamo abusivo, oportunista, frívolo, de la plaza pública, la institucionalidad criolla se deshace. Las amenazas trashumantes, eco de los designios del momento, obligan decisiones y explicaciones.

Jueces, fiscales, representantes del Poder Ejecutivo, congresistas, parecen rehenes de veleidosas y agresivas peticiones colectivas. Cualquiera, parapetado tras una marca con miles de “me gusta” exige, amedrenta, arrodilla. Es un juego peligroso, de tanto demandar y ser complacidos la confusión acecha. Y la duda a nadie favorece porque no hay reo.

Pedid y se os dará. ¿Complace el poder las demandas de las redes o las redes actúan conforme a la petición del poder y solicitan aquello que puede ser dado? La gobernabilidad está descansando en las solicitudes mediáticas. Los avisos de subversión son acallados y ganan todos. Ganan los hostigadores éticos porque evitan demostrar su fuerza para la movilización y los detentadores del poder, indemnes, aumentan popularidad y simulan tolerancia. Atrás la Constitución, los códigos, las leyes, manda la virtualidad empoderada. La pequeñez enaltecida, decreta, sentencia, legisla.

El sistema procesal vigente no permite la boutade de aquel magistrado con el monto de veinte años como puja inicial para evitar agravios. Sin embargo, los hechos demuestran que los representantes de los distintos poderes del estado están entre la espada y la pared. Atentos al rumor, al chismoteo, a la extorsión. Entre la espada y la pared es difícil gobernar, preservar el estado de derecho y reivindicar la independencia.

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