Nadie escapa al encanto de la reelección: Desde la Virgen de Altagracia con chiva hasta la tayota

Por Miguel Ángel Núñez
No ha habido un solo presidente dominicano que al momento de asumir, no lo haya hecho jurando proscribir la reelección, desde Pedro Santana en 1844, hasta Luis Abinader en el 2020.
El ritual es el mismo: Primero viene el juramento solemne, con la banda presidencial sobre el pecho, la mano sobre la biblia y toda la parafernalia oficial.
Luego vienen las “reflexiones” de que cuatro años son muy pocos para completar una buena obra de gobierno.
A las tentaciones de seguir en el poder, se suman los que, aprovechando los beneficios acumulados, casi siempre de manera meteórica, agregando cifras a sus cuentas de bancos, casas y fincas, desatan una apabullante ofensiva mediática para proyectar como una acción divina “ese modelo de gobierno que merece otra oportunidad”.
De modo que nadie le impide a un presidente intentarlo, por lo menos un segundo periodo. No obstante ese segundo puede pasar a un tercero, como sucedió con el doctor Joaquín Balaguer de 1966 al 1978, y luego de 1986 al 1996.
Pero también lo intento Danilo Medina del 2012 al 2020, hasta que fue frenado en seco, con una simple llamada del secretario de Estado de Estados Unidos y un frente interno que incluyó el desmembramiento del PLD, derivando en una estrepitosa derrota en las elecciones de ese año.
Pero la angurria continuista puede ir más lejos, si la dejan, hasta imponerse un mandato indefinido y tiránico como el de Rafael Leonidas Trujillo, desde 1930 hasta 1961, cuando aparecieron las balas justicieras del 30 de mayo de ese año.
Con el argumento de poner o quitar la reelección presidencial se ha modificado la Constitución de la Republicana cerca de 40 veces a todo lo largo de la historia, aunque en el Congreso nacional el presidente de turno no cuente con los votos suficientes para que pase la reforma.
Si no hay condiciones para lograr el propósito, se crean, comprando votos con fundas de dinero, como se denuncio en el 2002, para el intento fracasado de reelección de Hipólito Mejía u ofrecimiento de prebendas de toda índole. Lo esencial es que se logre el objetivo de permitirle cuatro años más al presidente, “y luego hablamos”.
Pero para retomar el hilo del tema, hasta al expresidente Leonel Fernández, del 2004 al 2012 se le tentó con carretillas de cédulas de supuestos dominicanos que abogaban por un tercer mandato, argumentando que “no hay nadie más pa’ sustituirte”, y para darle sustentación teórica y doctrinal a ese mismo intento continuista surgieron los llamados “ingenieros constitucionalistas”, aunque finalmente se impuso la razón y el presidente Fernández cedió a las aspiraciones, y de paso, a un triunfo de Danilo Medina, en las elecciones del 2012.
Para no hacer más extenso este relato nos encontramos con un presidente Luis Abinader, que con la supuesta intención de desterrar cualquier asomo continuista hizo colocar un artículo, sobre el que ya existía, que auto-cierra el paso a cualquier pretensión a un tercer mandato presidencial.
Como buen dominicano diría: “nunca falta un pelo en el sancocho”, tenia que salir un Chú Vásquez y un Ramón Alburquerque que extasiados en su cómoda posición de mando clamen por “cuatro años más para Luis”.
Es como si para los políticos se congelara el tiempo para recurrir a argumentos tan risibles, para abogar por una extensión del periodo de gobierno de Horacio Vásquez de 1924 al 1930, al comparar al caudillo mocano con una “Virgen de la Altagracia con chivas”, aludiendo a la barba en forma de candado que llevaba el mandatario, para justificar una extensión de su mandato.
Sería como colegir que para Alburquerque y para Chú, esa Tayota, como simpáticamente le apodan al presidente Abinader, tiene un sabor muy especial. Por lo que claman hasta el ronquido: “Que siga cuatro años más”.

