No se ensucian las manos con excrementos de gallinas, pero se enriquecen importando sus carnes y huevos

Por Miguel Ángel Núñez.

Una verdad de Perogrullo es que el Poder legislativo está orientado a crear leyes para proteger el interés nacional. Con ese objetivo se eligen senadores y diputados cada cuatro años.

Sin embargo, la población ve con asombro como se discuten y aprueban iniciativas que llevan al ciudadano a preguntarse ¿para qué existe un Congreso si en muchos casos se aprueban leyes sin haber leído el proyecto, el cual por lo regular lo envía la presidencia de la República?.

El último es el más impactante, tiene que ver con el conocimiento de una ley para permitir la importación de 67 artículos de la canasta familiar, libres del pago de aranceles aduanales. Es decir, que como en el argot del baloncesto, pasarían sin arrugas por las aduanas.

Como en anteriores trabajos sobre este tema, hemos catalogado de malévolas las intenciones que esconde esta iniciativa.

En primer lugar, al exonerarle el pago de los impuestos a los productores extranjeros, le coloca un grillete en las manos de los productores nacionales, que se ven obligados a competir sin ningún tipo de protección gubernamental.

Se intuye que si la intención oficial fuera abaratar estos productos se hubiera liberado al empresario agrícola del pago de aranceles al maíz, sorgo, soya, proteínas, maquinarias, abonos, vehículos, apertura de caminos vecinales para reducir costos de transportación, préstamos con intereses blandos, para no caer en la usura de los bancos comerciales.

De ese modo los alimentos llegarían a los consumidores a más bajo precio, sin perjudicar a ningún sector.
Hace años que los agricultores criollos enfrentan una indolencia preocupante, por eso en diferentes épocas, vemos en los medios de comunicación a productores de cebollas, papas, ajo, habichuelas, leche y otros productos, obligados a botar sus cosechas, para llamar la atención de los perjuicios que les ocasionan los irritantes permisos de importación que se conceden a empresarios quedando en el imaginario público que recibieron este trato en pago por las grandes contribuciones económicas que hicieron al partido en el poder, no  por su condición de productores.

Aprobar una ley que libera del pago de arancel a 67 productos importados, es calificado como un crimen, ya que el país, estaba a punto de lograr su autosuficiencia productiva, gracias a una política de incentivos y el esfuerzo de sus productores.

Mantener una dinámica de producción de estos 67 artículos, en especial el pollo, huevos y cerdos, constituye un calvario que arrastran los campesinos a todo lo largo de su vida.

Cito el caso de un empleado del área farmacéutica que lucha por un ingreso adicional a su hogar mediante un pequeño proyecto avícola. Inició con 3 mil 500 gallinas ponedoras. Llevar esas avecillas de dos o tres días de nacidas hasta la edad de cuatro meses, es una tarea desafiante por los enormes gastos en alimentos, vacunas, medicinas, agua, electricidad y una sarta de gastos que mejor no calcularlos, hasta que llega la primera postura, luego de cuatro meses de sueños y amarguras.

Los primeros cuatro meses del proyecto tiene que alimentar a sus pequeñas atletas sin esperar sacar un centavo de su inversión, comprando el quintal de alimento entre mil 200 y mil 300 pesos. No ha habido forma de que se libere del pago de impuestos a la materia prima de estos alimentos.

A unas 3 mil 500 gallinas que tiene su proyecto tendrá que administrarle un promedio de 35 quintales de alimento por semana, durante el tiempo que dure la crianza, sin hablar de otros gastos.

Aunque esta etapa ya sus gallinas están en producción, el huevo no ha alcanzado su adultez, por tanto, hasta que no pasen dos meses, no tendrán el peso requerido para entrar al mercado con un precio competitivo.

Mientras el productor dominicano se enfrasca en esta lucha, a la sombra, con aire acondicionado y sin ensuciarse las manos con excremento, un importador compite en la bolsa de productos de Chicago o Brasil y adquiere huevos y carne a un precio subsidiado que coloca con suma facilidad en el mercado local.
Más o menos, en esas condiciones es que se desenvuelve el agricultor local.

Se ha comprobado que ningún país ha logrado desarrollarse y lograr la mejoría de su gente mediante la importación de productos, sino mediante una política de desarrollo de sus fuerzas productivas.

Ni la firma del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, llamado DR-cafta, firmado en 1994, logró que se abarataran los bienes de consumo, menos la ley depositada en el Congreso, con el peregrino argumento de que se debe garantizar evitar un inminente proceso inflacionario atribuido a factores externos.

No hay que ser un analista profundo para entender que la intención es hacer más rico a un insaciable sector importador, cuyas ganancias aumentan de manera desorbitada a costa de la desaparición de nuestros productores nacionales. Puro neoliberalismo.

Botón volver arriba