Los demócratas arrasan elecciones medio término y Trump acepta derrota

Los demócratas han propinado una contundente derrota a los republicanos y controlarán con holgura  la Cámara de Representantes y del Senado.

El presidente Donald Trump ha reaccionado a la debacle de su partido y dijo a The New York Times que aceptará los resultados, lo que despeja, por ahora, las dudas sobre si los impugnaría. “Estoy absolutamente dispuesto a aceptar esos resultados”, afirmó.

Fue una auténtica carnicería para los republicanos, un serio castigo al presidente de Estados Unidos y una velada histórica, pese a lo gastado del adjetivo: esa doble pérdida legislativa para el partido en el poder solo se había dado en seis ocasiones anteriores.

Las encuestas vaticinaban una ola azul, pero, por seguir con una de esas analogías que tanto gustan en Washington, un verdadero tsunami acabó arrasando las costas republicanas.

Los demócratas lo ganaron casi todo. En Texas, James Talarico, que aspiraba a la Cámara alta frente a Ken Paxton, un rival apoyado por Trump que un crítico cinematográfico habría machacado como un error de casting, obtuvo una victoria para su partido por primera vez en más de 30 años. Mientras, su compañera de filas, Gina Hinojosa, hacía historia: será la primera latina en gobernar en ese Estado profundamente conservador.

A medida que avanzaba la noche, los republicanos veían escaparse en el Senado un territorio reñido tras otro: Iowa, Kansas, Ohio, las dos Carolinas y Maine, donde los votantes pusieron fin a la carrera de 30 años en el Capitolio de Susan Collins. La penúltima conquista fue la de Abdul El-Sayed en Míchigan, un candidato progresista y el primer musulmán en la Cámara alta en la historia del Capitolio.

Fue a eso de las 22.00 (seis horas más en la España peninsular) cuando se pudo dar por descontado que los demócratas superarían el umbral de los 218 escaños que necesitaban para la mayoría de la Cámara de Representantes. Pero la sangría roja no se detuvo ahí: el partido de Trump perdió contiendas a gobernador en lugares tan improbables como Ohio o Iowa, donde Sherrod Brown y Josh Turek se llevaron el Senado.

No había terminado aún la votación en la costa Oeste, y ya estaba claro que no haría falta siquiera esperar a que cerraran los colegios electorales en Alaska a la 1.00 para saber que, por esta vez, la noche electoral se había quedado en Estados Unidos en eso, una noche y no, como últimamente, en una o varias semanas.

El presidente había pedido una y otra vez a sus fieles, y, por extensión, al resto de sus compatriotas, que fingieran que su nombre figuraba en las papeletas, pese a que esta cita con las urnas es, cada cuatro años, un referéndum solo en teoría sobre el desempeño del inquilino de la Casa Blanca, pues a quien se elige es a los miembros de las Cámaras legislativas.

Cuando ya no quedaban dudas sobre la debacle, Trump, fiel a su estilo de negar la realidad y al uso enfático de las mayúsculas, batió sus propias marcas de cinismo con el siguiente mensaje en su red social, Truth: “¡Yo no aparecía en la papeleta y, si hubiera aparecido, habríamos ganado CON UNA VICTORIA APLASTANTE!“. Al rato, habló con The New York Times para anunciar que está dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, y eso, en su caso, supo a noticia de impacto. Después, se puso al teléfono con Fox News y Politico para tratar sin éxito de escurrir el bulto de la fenomenal derrota. La culpa, con él, siempre es de otro.

Tradicionalmente, los electores suelen suspender al inquilino de la Casa Blanca en las midterms, un rito de paso presidencial que les brinda la oportunidad de decirle que no están contentos con el estado de las cosas. Animados esta vez, según las encuestas, por el enfado ante la marcha de la economía, el alto precio de la gasolina, la guerra en Irán, el terror migratorio, la corrupción del Gobierno y las fijaciones ególatras de Trump, los votantes tiñeron el mapa de azul en lugares en los que Trump había ganado de calle en las presidenciales de 2024.

Entonces, los estadounidenses le dieron un billete de vuelta a la Casa Blanca porque le creyeron cuando prometió que arreglaría la inflación, y que lo haría rápido. El jueves hará dos años de aquella victoria y aún siguen esperando que cumpla con esa promesa. El candidato también repitió decenas de veces en esa campaña que no metería a su país en una guerra en el extranjero y la lanzada junto a Israel contra Irán ya ha superado los nueve meses.

Cuando sus nuevos diputados juren el cargo el próximo 3 de enero, quedará oficialmente inaugurada además la temporada del pato cojo, otra metáfora de Washington que sirve para describir a un presidente en su último tramo de mandato: con los días contados y las manos atadas.

Y los demócratas se enfrentarán a su propio dilema: cómo hacer responsables a Trump y a sus aliados del caos y la brutalidad de los últimos dos años sin quedarse en el revanchismo. Todo indica que los estadounidenses les han votado más preocupados por que sus vidas mejoren que para que ajusten cuentas con el presidente de Estados Unidos. Por más que este martes le hayan castigado con una severidad pocas veces vista.

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